
Me fui de la casita de mis sueños
Febrero 2026
Como muchos saben, mis últimos cuatro años fueron de mucha transformación interior y de mucho movimiento exterior. En agosto del 2022 salí de Colombia completamente rota y empecé un viaje sin tiquete de vuelta por Asia.
Viajé por Asia, Australia, Colombia y España. Viví tres años y medio como nómada. Poco a poco, durante el viaje, me fui conociendo en profundidad y recogiendo mis pedacitos para poder volver a armar mi vida desde un lugar que fuera más coherente con mi corazón.
En octubre del 2024 llegue a España junto a mi pareja con la intención de encontrar un lugar en el que pudiéramos poner nuestras raíces y crear hogar. Viajamos por varias comunidades, conociendo y sintiendo la tierra. Luego de un año, sentimos que la Comunidad Valenciana nos llamaba y encontramos una casa perfecta, la casa que llevaba años manifestando. Una casa en la mitad del campo. Una casa llena de frutales, espacio para una huerta y con vistas a la montaña. Una casa perfecta. De hecho, era mucho más de lo que había soñado. En septiembre del 2025 empezamos a vivir en esta casita.
Desempacamos y esto se sintió bonito y liviano. Empecé a trabajar la tierra y a crear mi huerta. Tuve muchas primeras veces aprendiendo sobre jardinería. Creé una rutina que amé: despertarme, meditar, preparar cacao, mover el cuerpo e irme a la huerta a cantar, sembrar, deshierbar o hacer lo que necesitara la huerta o el jardín.
Poco a poco al habitar la casa esta empezó a tener muchos problemas graves, sobre todo con la instalación eléctrica. El dueño quería vender la casa, por lo que no le importaba mucho lo que sucedía y no queria hacer grandes arreglos, lo que hizo que nuestra relación con él empezara a ser difícil. Con mi pareja habíamos llegado a un acuerdo: vivir en una casa en el campo, pero cerca de una ciudad. Esta casa aparentemente era perfecta, pues estábamos a una hora de Valencia. Sin embargo, con la experiencia nos empezamos a dar cuenta de que tal vez una hora era mucho tiempo. Teniendo en cuenta esto, más lo difícil que había sido tratar con el dueño de la casa, mi pareja y yo nos abrimos a la posibilidad de buscar nuevas casas. Lo hablamos y dijimos que lo íbamos a hacer con calma y que, igualmente, si nos quedábamos en esta casa estaríamos contentos. Sin embargo, la vida tenía otros planes. La vida decidió por nosotros.
Los daños eléctricos empezaron a ser mayores hasta el punto en el que un profesional nos dijo que la instalación eléctrica implicaba un alto riesgo de incendio, por lo que nos recomendó irnos de la casa. Ya era un hecho que teníamos que dejar esta casa y, aunque no queríamos hacer el cambio con afán, sabíamos que debíamos irnos lo antes posible.
Esto me llevó a tener muchas reflexiones personales.
¿Por qué la vida me quería en otro lugar?
¿Por qué la vida me quitaba esta casa si fue lo que siempre soñé?
Pasé por todos los sentires y todo coexistió dentro de mí: esperanza, rabia, miedo, tristeza, certeza, gratitud. Un día, caminando por la montaña, en conversación con la tierra y con Dios, recordé que la vida siempre estaba trabajando para mi mayor bien. Claro que fue un reto soltar y confiar. Claro que implicó aprender a dejar ir algo que me hacía feliz, que me gustaba y que era un sueño hecho realidad.
La pregunta cambió de “por qué” al “para qué”. La vida quería llevarme a otro lugar y lo debía aceptar. ¿Qué más me quedaba que confiar? Confié en que si me debía ir de esa casa era porque Dios sabía perfectamente que no era mi lugar y me llevaría al lugar al que debía llegar para mi mayor bien y el mayor bien de toda la humanidad.
Empezamos a llamar a inmobiliarias y pude decir que el 90% nos dijeron que no tenían opciones con las características que buscábamos. Sin embargo, tuvimos un 10% donde la magia se hizo presente y fueron apareciendo varias oportunidades que nos llamaban la atención. A veces nos aferramos mucho a lo que nos gusta, a lo que nos hace feliz, y también debemos aprender a dejar ir eso. Trabajé en no apegarme ni al sufrimiento ni al placer. Para mí, este proceso me llevó a practicar la aceptación radical, la entrega en absoluta confianza al plan divino y a sostenerme con amor y compasión.
Me dejé sentir todo: el miedo, la rabia, la incertidumbre, pero siempre con una premisa importante: lo sentí, pero lo abracé desde la absoluta certeza de que la vida estaba a mi favor y eso estaba cumpliendo un mayor propósito. Me podría haber quedado peleando con mi vida, ahogada en la rabia de por qué tenía que dejar una casa que literalmente duré años manifestando. Pero, ¿de qué me hubiera servido?
Los planes de la vida siempre son más abundantes y sabios que los que puedo crear con mi mente. Así que me rendí. Tuve la certeza de que todo saldría bien, que llegaría la casa o el apartamento que debía llegar. Me dejé guiar por la vida y seguí trabajando en mí para tener la sabiduría de aprender a escuchar y recibir las invitaciones que me hacía Dios. Si la vida me quería fuera de esa casa, si me quería más cerca de la ciudad, si me quería en la ciudad, si me quería en un apartamento… la vida sabría.
¿Y sabes qué pasó?
El amor de la vida nunca me soltó. Me dejé guiar y llegué a una nueva casita. Una casita hermosa en el campo, con jardín y también un gran espacio para hacer una huerta. Está más cerca de la ciudad y tiene muchas facilidades de las que ahora soy consciente que son importantes para mi vida. Pensé que la casa pasada era la casa de mis sueños, pero al ver esta nueva casita confirmé que esta es la casita de mis sueños. Lo es porque es la que habito en este momento; yo decidí hacerla mi nido de sueños.
Se siente muy bien estar de nuevo creando este nido. Se siente muy bien darme cuenta de que mis sueños son moldeables y que soy yo quien los teje. Me siento muy agradecida de cómo viví el proceso y me siento orgullosa de mí. Cuando nos dejamos guiar por el corazón aprendemos a ver todos los milagros que constantemente están llegando a nuestras vidas. Fue tan claro que me debía ir de la casa pasada, que no me quedó ni la opción de pelear contra la vida y hoy se que ese movimiento fue un gran milagro, un gran regalo.
Todo lo que nos sucede tiene un sentido, tiene una invitación. A veces puede ser inmensamente doloroso y muy difícil de entender con la mente. Pero es que no todo lo tenemos que entender. A fin de cuentas, los puntos solo se pueden unir mirando hacia atrás. Esta situación me dio la oportunidad de rendirme y confiar. Me dio el regalo de aprender a dejar ir algo que me hacía feliz para abrir espacio a algo que me hace aún más feliz. Fue un entrenamiento en decidir tomarme esta situación con liviandad y compasión.
Así que gracias a la vida. Gracias Dios.
Se que su plan siempre es más grande que el plan de mi mente y, por lo tanto, sigo caminando un sendero con mi corazón como brújula y alineándome paso a paso al plan divino.
Palabras claves: soltar, confiar, fluir, bienestar emocional, gratitud, abrir el corazón, presencia.
Paola Campo Nieto
Psicóloga