Yo soy mi maestra

El comienzo de este fin

En agosto del 2022 tomé un avión con el corazón y la cabeza llena de ilusiones, miedos, alegrías, esperanzas y expectativas. Recogí mis raíces y salí de Colombia buscando nuevas tierras en Asia. Siento que el cierre de este capítulo se acerca y todas las emociones empiezan a ser confusas. Llega el momento del juicio final, la evaluación de este viaje de 7 meses por Asia. Vienen muchos pensamientos y evaluaciones llenas de culpa y apegos. La mente inquieta se aferra a la idea de lo que debía cumplir y hacer durante el viaje. Me lleno de culpa por no haber hecho más. Claro, lo que mi mente considera “más”.
 
Lo cierto es que el universo tenía preparado para mis otros planes en este viaje; aprendizajes que ni se me habían pasado por la cabeza. Salí de Colombia buscando un viaje “espiritual”, quería moverme en lugares llenos de personas como “yo” y eventos de mi gusto. Perseguía Yogis, hippies, meditadores. Sin darme cuenta que buscaba un viaje interno desde un movimiento externo. Pretendía encontrar el camino espiritual, y el problema estaba justo ahí: el camino no se encuentra, se recorre. Qué básica que fui.

Tome un avión pensando en un estereotipo de viaje espiritual, en un camino marcado por otros, en una metodología ajena, y Dios me mostro que el único camino es el enredado sendero que llevo dentro. Los cursos y eventos no me llenaron. El reto estaba en desarrollar mi método y encarnar mi propia espiritualidad.
 
Encontré tanta oferta del método espiritual en este camino que incluso pasé días ahogada en ella. Había tantas posibilidades de lo “espiritual” y me ahogaba en la culpa de no resonar con ninguna. También viví el miedo de entonces no encajar esos caminos ya trazados.

 Viajé a Asia buscando mi despertar espiritual en cursos y maestros, y hoy quiero dejar en estos documentos lo que he encontrado durante estos 7 meses viajando:  

Encontré que la mayor maestra soy yo misma y que DIOS está en lo cotidiano, en la simpleza de la vida. Está en disfrutar de mi infusión caliente en la mañana, en cerrar los ojos cuando tomo el sol, el pararme a  contemplar una flor, en caminar descalza sobre la tierra, en escuchar la lluvia, en hacer el amor con los ojos cerrados y el corazón abierto, en leer al lado de mi pareja, en saborear la comida, en agradecer por mi respiración.
 
 Durante este viaje vi cómo millones de personas adoran dioses y se olvidan de ellos mismos. Vi cómo nos atrapamos en los discursos, teorías y dogmas que nos impiden observar el dios que somos, y así nos desconectamos totalmente de la tierra.
 
Vi una espiritualidad llena de escarcha y belleza, como también una llena de miseria y dolor. Me di cuenta que no existe una forma de ser espiritual, existen millones. Fui consciente del juicio en el que había estado parada durante muchos años, ese que me hacía pensar que para ser espiritual debía seguir un método estructurado y una lista de reglas. Me di cuenta como desde mi propia ignorancia y arrogancia busqué encajar en una etiqueta.
 
Aprendí que sanar y evolucionar a nivel espiritual se logra en la práctica, en el movimiento y en el sentir, no en las letras o discursos.
 
Han sido meses de aprender a escucharme y honrar mi verdad. Ahora soy consciente de como millones de veces solo hice prácticas “espirituales” por hacerlas, por cumplir. Las hice con apego y sin abrir espacio a la integración. Hacía una tras otra con el afán infinito de encontrar algo que no iba a encontrar de esa forma; pretendía encontrarme a mi misma a través de estímulos externos y mecánimos. A lo largo de mi vida he hecho muchos cursos; reiki, registros akáshicos, meditación, respiración, hongos, etc.…  Honro cada uno de estos espacios, pero hoy me doy cuenta que en este momento de mi vida me encuentro en una etapa diferente.No necesito más teoría, mi alma ya la sabe. Necesito más creación.
 
Los aprendizajes han llegado en el día a día de una persona común y corriente que simplemente se ha abierto a recibir y sorprenderse.

Tal vez no he aprendido más técnicas de meditación o respiración, pero aprendí a ir más lento, a abrazarme en mis momentos difíciles, a aceptar las cosas tal y como llegan, a reconocer mi abundancia infinita, a ser consciente de mi poder de manifestación, a practicar la presencia, a dejarme sentir, a celebrar la vida, a honrar mi verdad y a soltar.
 
Tal vez no estuve en todas las ceremonias, vipassanas, bailes o rituales que quería, pero sané muchas heridas respecto a mis relaciones de pareja, honré a mis padres como nunca lo había hecho, sané heridas de dinero que había evadido por años, reconocí en mí el llamado al chamanismo, superé miedos personales, aprendí a amar mi cuerpo físico y a alimentarlo de forma amorosa.
 
No quiero ser una gurú, una meditadora profesional, una maestra espiritual. Quiero ser simplemente yo. Una mujer con el corazón abierto, una mujer que ama la vida. Este es mi camino espiritual, el de reconocer toda mi humanidad y también toda la certeza de mi alma.
Soy una mujer que se permite sentir absolutamente todo.
 
 Ha sido un viaje hermoso y abundante.
Recordé una gran verdad: yo soy mi maestra y mi vida es mi ashram.

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